Posteado por: mariandreasanchez en: Enero 28, 2008
Extraño mucho la época de los casetes. Desde pequeñita me gusta la música, toda. Mi mejor herencia familiar: la capacidad de deleite con toda la música, no quizá el refinado gusto por ella, pero si bien variado y agradecido. Es mi gusto, refinado o no, lo que finalmente interesa y en muy buena medida me define. Desde el vallenato, pasando por la ranchera, la música “romántica”, hasta llegar a la salsa y el rock. Desde Rafael Orozco, contando con Julio Jaramillo, Vicente Fernández, Diomedes Díaz, Los Visconti, Marco Antonio Solís, Rodolfo Aicardi, Tormenta, Los hermanos Zuleta, Antonio Aguilar; hasta todo lo imaginable y escuchable de la salsa de antes y el rock en español, en inglés, en francés o en el idioma de las brujas. Como dice Santiago Arango, y yo me lo creo hace rato, la música es una. A veces rica, a veces triste, a veces bailable, a veces perversa, audible toda ella. Es una solita.
Tan viejo como yo es mi gusto por la música. Tan viejo también como mi televisor Zenith. Y tan vieja como los tres anteriores era la grabadora de mi casa, la de siempre, la que ya no existe. Vieja desde que la conocí y una compañera maravillosa. En mi casa fuimos cuatro hasta que en 1994 llegó mi hermanita Natalia. En el 95 la grabadora se fue.
Hermosa, gris, como el color brillantico del pavimento, marca Sankey, esta grabadora nos acompañó a todos durante muy buenas horas de la vida. Con mi mamá se encontraba en la cocina por las mañanas cuando nos mandaba a la escuela a mi hermana Ana Sofía y a mí; por las tardes, en el patio, cuando sintonizaba “Pase la tarde con Baltasar” mientras planchaba los blanquísimos uniformes de mi papá (que hasta el sol de hoy trabaja en una empresa de alimentos llamada Noel). Las noches nos turnábamos mi papá y yo la cita con la grabadora: una para él, otra para mí. Los fines de semana era toda mía. Como a Ana le dieron un walkman en la primera comunión (y a ella, no les diré mentiras, no era que le apasionara tanto la radio o la música) pues no se peleaba el turno con nosotros, con su pequeño walkman le bastaba. Y así transcurría la existencia del aparato receptor-grabador: de aquí para allá, rodando por toda la casa. Antes duró mucho.
Si el gusto musical es una revolcada herencia que le debo a toda la familia, y ahora, a los amigos del alma, pues el gusto por la radio si se lo agradezco completico a mi papá. Cuando a él le tocaba el turno la ponía a un ladito de la cama, en el piso, y sintonizaba las noticias infaltablemente. Cuando había partidos escuchaba al Paisita gritando a todo pulmón. Con un volumen bajito sonaban sin discriminación RCN, Caracol, Radio Net, Todelar o la Voz de Antioquia. Mi papá, Fernando, no estaba casado con ninguna emisora o cadena radial. Como no era mi turno y mi mamá no me dejaba ver las novelas después de las nueve, yo me le pasaba a mi papá para el rincón y escuchaba y escuchaba las noticias con él. Casi siempre las conversábamos, me explicaba quién era Virgilio Barco, el por qué del racionamiento, a qué se dedicaba el Banco de la República, quién era ese tal Pizarro del M19 o qué significaba un saque de banda en el fútbol. Unas preguntas no me las respondía, como cuando mataron a Galán o a Diana Turbay.
Mi papá y mi mamá fueron mis mejores profesores, toda la vida, lo son hoy todavía. Con mi papá me dormía escuchando la radio. Con mi mamá me despertaba en las mismas. Ella sintonizaba primero “Cómo amaneció Medellín” y más tarde, ya a punto de salir para la escuela, “Radiosucesos” de RCN. A pesar del televisor grandote marca Zenith, la grabadora Sankey se robaba el show mediático en mi casa de toda la vida en Itagüí. Pero a la cajita mágica se le puede dedicar otro momento de recuerdos… en otro momento, porque también lo merece.
Cuando la grabadora me tocaba a mi era una maravilla. Mi papá me daba la “ración” todos los viernes. No mucha plata pero si que era bien invertida: una lecherita, una malta + paquete de gudiz y un casete de 60 minutos marca Sony. Las tres primeras cosas me las devoraba viendo “Sabor a limón”. Lo último me la saboreaba a lo largo de la semana. Todo lo vendían en la farmacia de la esquina que más que farmacia, a juzgar por las muñecas, chucherías y hebillas que vendían, era más bien una cacharrería. Cada viernes, entonces, un nuevo casete virgen. ¿Para qué?, para grabar esas noches que era mi turno con la grabadora, la música que más me gustaba en distintos momentos hasta los 14 años: Roxette, Mecano, Guns N’ Roses, Metallica, Ekhymosis, Nirvana, Los prisioneros, Blur, Amistades Peligrosas, Rolling Stones, Live… Lo dicho, una revoltura.
Con la grabadora me dormía tres a cuatro días de la semana al rincón. Ella contra la pared y yo casi contra ella. Como me enseñó mi papá, con volumen bajito para no despertar a los demás. Como los botones sonaban bien duro no oprimía “Rec + Play” cada que sonaba alguna canción digna de grabar. La táctica era dejar “Rec + Play + Pause”, quitar el “Pause” para grabar, oprimirlo cuando acabara. Todo un proceso, como un arte que se perfeccionó con el tiempo. No había que darse permisos con los baches o silencio inapropiados. Nada de eso. 60 minutos, musicalmente, se van muy rápido, por eso deben ser bien calculados, estéticamente calculados, limpiamente grabados, nada de voces de los locutores diciendo la hora o cuñas poco armoniosas del “Motel La Suite” o la “Discoteca Babylon”. Con los separadores solapados en media canción, nada qué hacer… ¡qué impertinencia!. Largas, muchas noches de mis años de adolescencia se invirtieron en la grabación atenta de casetes que hoy considero un bonito tesoro, uno que me define con todo su contenido y que me recuerda lo que era en aquellos años, que me muestra lo que conservo todavía.
Con los casetes viajaba a la finca y le cogía el walkman a Ana Sofía al escondido, cuando ella se iba con mis primas a conseguir novio y a mi no me interesaban todavía esas cosas. Yo era feliz con esos audífonos en mis oídos, con esas canciones sonando tan cerquita, sentada en el murito del patio, mirando los farallones de La Pintada. Ana consiguiendo novios, yo escuchando mi musiquita, mi mamá haciendo dulce de guayaba y mi papá, atrás, lidiando con un lago en el que los pescaditos se morían intento tras intento. Allá, en la finca, allá me daba cuenta por qué valía la pena invertir mi ración no en hebillas como si en casetes vírgenes y grabar por horas y horas cuando era mi turno con la graba Sankey. Y como no hay felicidad completa, ay ay ay, cuando se acababan las pilas inexplicablemente me ganaba el buen regaño. La ración siguiente se agotaba con la compra de nuevas baterías para Ana y nada de mis casetes vírgenes. Unas por otras.
Esos casetes, mis casetes, no estaban un día en mi biblioteca. Preocupada, sorprendida, le pregunté a mi mamá dónde estaban. Eso fue hace unos cuatro años. “Mija, como Vos ya no escuchás eso yo los eché a la basura, qué bobada tanto chéchere”. Mi reacción: “Noooooooooooooooooooooooo, cómo se te ocurre Mamiiiii?????”. No sorprendida, si aterrada, furiosa, con ganas de llorar. Eran las siete de la noche y la bolsa de basura estaba abajo, porque pasaba el carro temprano al otro día. Bajé, subí la bolsa, corriendo, desesperada. Con bolsas más pequeñas (porque guantes sofisticados no había) en las manos esculqué y ahí estaban, entre polvo, cáscaras de huevo y quién sabe que otros desperdicios. De suerte que todos estaban en su respectiva cajita y las cintas no estuvieron en contacto con lo sucio ni con la humedad. Una a una, hasta las 11 y más de la noche, limpié las cajitas con un cepillo, suficiente jabón y todo el pesar del mundo. Mi mamá me miraba apenada, qué pecao; mi papá y Ana Sofía se rieron mucho. Los casetes amanecieron limpios, en su lugar, en mi biblioteca, donde están todavía hoy, ordenados por género y en orden alfabético.
Sigo escuchando la radio todas las noches, ya sin mi papá al rincón. Sigo despertando con la radio, aunque Julio Sánchez Cristo reemplazó a Jorge Carrasquilla y a Juan Gossaín. Sigo extrañando la época de los casetes, la de grabarlos con toda la paciencia y la emoción nocturna. Los días de escucharlos sin saber qué canción venía a continuación. Los momentos de marcarlos con lapiceros de tinta mojada que indicaban la fecha, la hora y la emisora. Los ratos invertidos en limpiar el polvo que me los cubría por culpa de Coltejer. La obligación de madrear el separador inoportuno que se tiraba en el coro.
Esos casetes, mis casetes, que suman más de 48, siguen conmigo después de 13 años, una nueva y negra grabadora marca Sony (regalo de 15 años), muchos novios, dos trasteos, exóticos discos compactos y un iPod que todavía me atemoriza.
Un post lleno de recuerdos de todo tipo… Días de Radio podríamos llamarlo también (tan atrevido yo cambiando el nombre).. Yo tengo un par de CDs hechos de canciones recuperadas de cassettes que no he encontrado en las discotiendas (porque no bajo música de la red). Algún día los pondré en mi blog ahora que está comenzando a enfilarse hacia la musica y las voces ajenas.
Me encanto la imagen de la música en los audífonos “con esas canciones sonando tan cerquita”.
Los cassettes siguen en sus cajas, en mi armario, arriba donde si los botan no me daré cuenta… a lo mejor ya no están todos. Yo sé que boté al menos 40 hace un año
Mary, me encanta la agilidad con la que se leen tus textos y la sencillez con la que escribís.
No hace falta llenar de recursos lingüísticos para ganar en contenido. Pero más que eso está la nostalgia entre líneas. En la radio, el zumo de lo familiar, el olor a arepa con huevo y a “migote” a las cinco y media de la mañana, antes de ir a la escuela…. O a almuerzo de 11:30 cuando se estudiaba en la tarde, mientras la Voz de Colombia medía el ritmo de la escoba y la presión de la olla atómica.
Y los caseticos… ni hablar. Nunca se me había ocurrido escribir sobre ellos, también tan importantes aún hoy desde mi niñez.
Saludos, que estés bien.
No seguir explotando esta bonita veta de recuerdos infantiles sería un desperdicio. No sólo es un excelente post, sino que lo interpretaré como la antesala de los muchos que vendrán. No estaría nada mal que para descansar de tanta banda ancha y juguetes tecnológicos, le regalaras este blog a tus añitos inocentes. Claro que la verdad no sé si fse pueda uno fiar de toda la inocencia con que te pintás en esa época. Pero bien pintadita sí quedaste. Dale. Seguí. Que eso de que la última actualización haya sido en marzo es algo que tus recuerdos no se merecen.
Ay Mari, que bonito. Me sentí viendo una película.
Crecí oyendo radio, igual que vos. Aquí hay un radio en cada cuarto. Casados con Caracol. No puedo comer nada sin algo que me hable de fondo. No puedo hacer muchas cosas sin una banda sonora.
Yo no extraño los cassettes. Viví el mismo proceso que vos, las mismas trasnochadas en espera de la canción favorita con el dedo en el botón de pausa, desarrollé la misma habilidad para dominar la grabadora. Tal vez alguna vez pasé en vela en espera del “Rock me Amadeus” que el DJ de turno, y lleno de la arrogancia que te da tener el sartén por el mango, me decía que “ya la ponemos”. Y yo que ingenuamente le seguía creyendo.
Me encanta el facilismo del MP3, su calidad perfecta, sin ruido, sin cortinas impertinentes, sin golpes del “Stop”. Que la buscas y ahí está. Para muchos ese era precisamente el encanto … pero soy ingeniero, me gustan las cosas … bien hechas y con eficacia.
Era una tarea romántica, laboriosa, bonita. Pero me acostumbré fácil al MP3 y la nostalgia en este caso poco me toca.
Pero tal vez es que a mí los cassettes no me traen recuerdos tan bonitos.
QUE BONITOS RECUERDOS,LASTIMA QUE LA TECNOLOGIA VA DEJANDO TODO ATRAS,PERO NO SE PUEDE OLVIDAR LA FORMA COMO ERA QUE ESCUCHABAMOS NUESTRA MUSICA O LA FORMA DE OIR RADIO LA CUAL HOY YA ES UNA RADIO PAYASADA.SE TRATA ALAS PERSONAS COMO EL LOCUTOR LE DA LA GANA SE BURAL DEL OYENTE Y NADIE DICE NADA.
LA MUSICA DE HOY ES ESTRIDENTE,BULLA,GRITOS.YA NO SE ESCHCHA LA POESIA ROMANTICA EN LA MUSICA DE LA JUVENTUD,SE TRATA LA MUJER DE LO MAS BAJO EN EL REGUETON ,CUANDO ANTES LA MUSICA ROMANTICA LA ENDIOSABA,LA COLOCABA EN LOS MAS ALTO DE LOS ALTARES,PERO EN FIN AHI VAMOS.
Enero 28, 2008 a 9:25 pm
Qué post tan rico, otra vez. Porque el de Tom y Jerry, que fueron de mis preferidos hace ratico, me pareció rico pero largo. O sea, no tan rico. Y el de los niños que se dedican a los medios creativos me dio la sensación de que me estaban vendiendo un proyecto. Así que me quedo con la historia de la grabadora y de sus casetes. Emocionante, tierna y pícara.
Quiere decir que me ratifico en que me gusta tu blog y que lo leo con placer.
Un abrazo.