:: De Todos los Colores ::

:: Masajes, relajantes? ::

Posteado por: mariandreasanchez en: Enero 11, 2008

Después de tanta convalecencia y trajín mi mamá y el doctor me ven tan agobiada, tan aletargada que se confabulan para que me haga unos “masajes relajantes”. En medio de, justamente, mi aletargamiento, accedo.

“La cita para los masajes es hoy a las 6pm”, grita mi mamá a todo pulmón desde el primer piso. Yo me encuentro en el segundo, en mi habitación, debajo de las cobijas, no por apestada, si porque todavía estoy en vacaciones y no son ni las 7am. “Bueno mami”, le respondo a media voz, intentando definir si es un sueño o es ya es mi realidad de este frío miércoles de enero.

A las 5pm se larga un aguacero descomunal, el primero del año, porque desde el 24 de diciembre no llovía en Rionegro, sorprendentemente. Cuando digo descomunal no miento. Parece que ahora el clima se confabula con mis mínimos deseos de salir de la casa y menos a una sesión de “masajes relajantes”, de cuyos poderes curativos dudo absolutamente. Cuando doy gracias al estado del tiempo mi mamá sentencia desde el segundo piso, “ya escampó un poquito, aprovechemos y salimos de una vez”. Nada qué hacer.


Sorpresa N° 1: ¡Es un hombre!

“Yo pensé que ya no venían, con este clima tan tenaz”. Así nos saluda Juan Emilio, el masajista. ¡Por Dios!, si yo pensaba que esto de los masajes era asunto de mujeres nada más. Es decir, yo se que a los hombres les gusta visitar “Geishas” en “El Palo”, pleno centro de Medellín, a eso del medio día, para que les hagan unos masajes eróticos que los manden a la oficina bien contenticos y “relajados”. Pero lo mío no es de este corte. No. Yo pensé que sería una señora muy bien tenida la que me atendería, con el pelo pintado de amarillo y muchas cirugías en cuanto rincón del cuerpo sea posible. Pero me sale Juan Emilio, tan alto, tan bonito, sin aires de gay. En este punto me avergüenzo de mi montañerada, esto no tiene nada de raro, no es como en las películas porno que se empieza por el masaje y se termina sobre la alfombra, con chimenea encendida y otras tres “chicos” que salen de la nada. Esto estaría bien, pero no, teniendo en cuenta que mi mamá y mi hermana menor me esperan en la salita posterior.

¡Por Dios!, me regaño, dejo de fantasear y lo asumo con dignidad, lo asimilo con madurez. Va bien el proceso hasta que me dice el varonil masajista: “En serio pensé que cancelabas porque para quitarte todo con este frío, qué pecao, pero veraz que terminas sudando”. Ay no… no puede ser.

Siete minutos después estoy sobre una camilla azul, sólo con mis tangas (de haber sabido me pongo unas más bonitas), tapada con una toallita mínima, preparada para sobrevivir a 8°C en medio de un inclemente aguacero que golpea el techo de tablilla; el mismo que me debió impedir salir de mi casa a semejante caja de pandora.


Sorpresa N° 2: Momento aceitoso

He dado muy poco crédito a las películas. Yo pensaba que el aceite usado para los masajes no era, por decir, tan “aceitoso”, pensé que era pura parafernalia. Pero si que lo es. Es suavecito, caliente, de olor muy rico y que le da a las manos de este hombre maravilloso un aire de santidad. Antes de comenzar Juan Emilio se frota las manos repetidamente “para que no te mueras del frío”. Toca mi pie derecho, yo miro el techo y trato de relajarme. Intuyo que esto no será tan relajante, será más bien un tira y afloje entre el profesionalismo de este señor y la pendejada mía. Resulta ser un conversador imparable: de sus hermanos, de la finca que se compró el 23 de diciembre en El Carmen de Viboral, de los tipos de masajes que él hace (relajantes, postoperatorios, exfoliantes, tonificantes, adelgazantes…). Él conversa y conversa, mientras yo pienso que nunca me habían tocado con tanta decisión y gentileza. Se concentra unos diez minutos en mi pierna derecha, igual tiempo en la izquierda. Veinte minutos muy conversados y aceitosos.

Cambia de aceite y se sube al abdomen. Ay Dios mío. Fulminantemente me pregunta: “¿Tienes calor?”. No señor, mis cachetes colorados responden a sus masajes, quisiera contestar, pero no, la muy boba miente y le dice que si, mientras las gotas del aguacero no dejan de golpear arriba.

Con sus manos y tan profesional como yo no quisiera recorre pues piernas, abdomen, hombros, cuello. “Voltéate”, me ordena. Parte posterior de las piernas, glúteos, cintura, la espalda una y otra vez, el cuello. Ok. “¿Terminó?”, le pregunto con la voz desvanecida. “No, vamos por la mitad”. Cuando pienso que no voy a aguantar y me intento inventar alguna excusa para salir corriendo, me ordena nuevamente: “Cruza las manos atrás para ver si tienes nudos”. Esto se complica. Hay nudos, muchos.


Sorpresa N° 3: Del éxtasis a la tortura

“Vamos a trabajar estos nudos”. No debí preguntar si terminó, debí pararme y terminar ahí, con barraquera, con decisión. Cómo iba, iba bien. Había sido lo suficientemente placentero, sorprendente y vergonzoso como para conservar un prudente buen recuerdo de mi primer “masaje relajante”, sugerido por el doctor y canalizado por mi Mamá. Yo que me iba a imaginar que lo que seguía distaba años luz de lo anterior.

“Estas son unas piedras traídas de…” no-se-don-de. Juro por Dios que no recuerdo las siguientes palabras del mi masajista porque el dolor me nubló los demás sentidos, porque no podía creer que aquello fuera todavía parte de la sesión relajante de masajes. Parecía más bien una venganza de la mafia. Como estaba boca abajo, mi cara mirando directamente el piso de granito, no pude ver la apariencia física de aquellos objetos. Sólo puedo decir que la piel que tanto el temía a las manos de Juan Emilio, ahora las pedían a gritos y al precio que fuera. Y bueno. Para no mostrar más la montañerada decidí ser paciente. Aquellas piedritas amorfas chuzando mi espalda y cintura, aquella tortura, no podría durar mucho más. Seguro lo que seguía sería reconfortante. Pero no.

A continuación y sin darle tregua a mi ardor llega algún objeto ovoide de madera. Por lo menos era lisito. Eso si, el perjuicio que representó para los huesos de mi espalda no tiene nombre ni descripción. Sin compasión Juan Emilio lo pasa una y otra vez de un lado a otro sin bajar la velocidad al pasar por la columna vertebral. No se si tengo rabia por su desconsideración o preocupación por el modo como me recuperaré de este dolorcito agudo.

Insólitamente el hombre habla sin parar: sobre cómo tiene muy buena mano para el jardín, sobre la necesidad de usar delantales azules porque los blancos ya pasaron de moda, sobre Sandra “no-se-quiencita” que debe estar por llamar para su tercera sesión de postoperatorio. Entre la ira y el dolor comienzo a odiar a Juan Emilio y ya se me ocurre que si puede ser un poco gay.

Por fin para. “¿Terminamos?”, le pregunto ya no con voz suave y extasiada como si desganada y resignada. “Viene la última parte”, me informa. Respiro profundo. Me propongo contar las piedritas de la baldosa de granito que miro de frente. Escucho un ruido sospechoso que me hace perder la cuenta. No aguanto la curiosidad y levanto la cabeza. No lo puedo creer. Un aparato enorme, lo asemejo a un vibrador, se acerca a mi espalda. Empieza la última parte de la función.

En efecto, vibra. Esto no se siente nada bien. Parezco el asfalto cuando lo están rompiendo con esas máquinas que hacen brincar a los obreros y que generan un ruido espantoso. Juan Emilio me recomienda que me relaje porque esta es la mejor parte: “Con este sistema desaparece tu linfa y mejora el sistema circulatorio”. Todo rebota dentro del cuerpo, hasta la voz de este hombre, mis pensamientos, mi rabia, mis carnitas, mis huesos, mi pelo, mi almuerzo. Todo es sacudido por este vibrador de enormes proporciones. Con él fue removida la linfa de piernas, muslos, nalgas, hasta de mi cerebro. Pudo durar 3 minutos, para mi fueron 40… interminables y muy movidos.


Sorpresa N° 4: La cita

“Ay no. Yo aquí no vuelvo”, pienso, mientras el hombre trata de resarcir el sufrimiento causado con un delicioso masaje en la cabeza. Si, para qué, pero se siente rico, como al principio. Pero esa vaina del intermedio sobra, en qué piensa este tipo, quién le dijo que esos aparatos relajan. Me pregunto diez mil cosas y cuando reacciono Juan Emilio me dice que ahora si, que la sesión ha terminado.

Bueno, después de todo, no estuvo tan mal. Esperemos que, en efecto, me relaje, se me pase el dolor de cabeza y el regreso al trabajo sea menos traumático de lo imaginado. Mientras me visto pienso en ello y en un chocolate calientico para el frío que debe hacer afuera. Observo los mil y un diplomas de “Juan Emilio Escobar Restrepo”. Descubro que es fisioterapeuta, cosmetólogo y que ha hecho cursos de estética hasta en la conchichina. Bien por él. Me termino de poner los tenis y mientras me los amarro entra con una agenda en la mano, “entonces, ¿para cuándo la próxima sesión?”. Ay no, yo aquí no quería volver, me suplica la razón. Sin embargo, hay algo exótico, algo placentero, algo hasta medio escabroso que me hace responder “el próximo miércoles a esta hora está bien”.

5 comentarios para ":: Masajes, relajantes? ::"

Maritza, qué rica crónica. Lo primero que me gusta es que va contra los mandamientos de la escritura en la web. Porque si larga y buena, dos veces buena, parodiando a Gracián. Divertida, ligera, sincera.
Felicitaciones.
Eso sí, tus lectores esperaríamos posts más frecuentes.
Un abrazo.

Flaca, pensando en lo cercanas que hemos llegado a ser y nunca había leido algo escrito por tí. Que feliz estoy, escribes muy bonito, divertido, entrenido y un montón de calificaciones imporatantes más.
Seguiré tras el rastro de este blog.
Perla

… esperando la segunda parte de este texto. Bacanas las vetas caústicas que le metés por ahí.

Uyyyy Mari, me reí mucho. Es una crónica muy fluída, con muy buen ritmo y sobretodo divertida. Por aquí seguiré. Un abrazo, Pedro C.

Como para Soho. ;)

Los masajes sí que pueden resultar buena terapia…como todo en la vida, depende es de la actitud. Tal vez cuando uno lo recibe por alguien que no te cobra por el masaje sino que lo hace para hacerte sentir mejor, y uno está receptivo con el tema (aparte de que las circunstancias lo permitan) verás que no es una experiencia tan maluca.

Así el masajista sea novato, pero lleno de buena voluntad.

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